sábado, 7 de enero de 2012

Un discurso viejo


Nota: este artículo lo escribí en octubre después que el Presidente Obama diera un discurso al Congreso, en el que introdujo una serie de propuestas recogidas en una legislación llamada "The American Jobs Act", para centrar sus esfuerzos en impulsar la economía estadounidense. En estos momentos, Obama se ha recuperado, al menos temporeramente, de su declive en las encuestas. En parte, esto se debe gracias a que la economía ha estado añadiendo trabajos en los últimos tres meses. Habrá que ver si esta tendencia continuará ante los prospectos de una posible confrontación con Irán o la alta probabilidad de una recesión en la zona europea.

Barack Obama atrajo a las masas del electorado estadounidense con su fulminante oratoria adornada con temas de esperanza y reconciliación. Prometió un cambio en Washington D.C., donde las pilas de dinero corporativo balancean toda legislación a su favor. El mundo tenía grandes expectativas con este líder que, por su apariencia o aspecto, parecía distinto, tanto en su color de piel como en su ideología diametralmente opuesta a la de su predecesor George W. Bush. También, dijo que uniría a demócratas y republicanos, con el noble propósito de abordar los problemas crónicos de los Estados Unidos de América.

La campaña de Obama impulsó la narrativa de que él, sólo él, con su cautivadora grandilocuencia, sería el capaz de cautivar a unos cuantos republicanos recalcitrantes; esto, a pesar de su retórica de que sus seguidores fueron los verdaderos protagonistas de las elecciones del 2008. En realidad, ocurrió todo lo contrario: Obama desconocía (o ignoró), en ese entonces, que la minoría republicana formaría un frente obstruccionista y manipulador, capaz de utilizar toda artimaña procesal del Congreso para bloquear la agenda social y económica de su administración. Tampoco contaba con la creación del Partido del Té, ese movimiento popular sin estructura que promueve recortes bestiales al presupuesto federal (y reducir a Medicare en un programa de cupones como lo propuso el representante Paul Ryan).

Al mismo tiempo, los republicanos identificados con este movimiento no tienen otro propósito que aprovechar el problema del déficit para continuar con su doctrina en favor de la clase millonaria de Wall Street. Tal parece que no aprendieron de la década pasada; siguen con el afincamiento de disminuirle los impuestos a los más pudientes, a los más ricos, a esos que poseen una flota de jets, dos mansiones, cuatro carros de lujos y contratan servicios de escoltas (prostitución). No olvidemos que la insaciable codicia de estos multimillonarios del sector financiero llevó a los Estados Unidos de América a la llamada Gran Recesión del 2008.

Al mismo tiempo, los republicanos identificados con este movimiento no tienen otro propósito que aprovechar el problema del déficit para continuar con su doctrina en favor de la clase millonaria de Wall Street. Tal parece que no aprendieron de la década pasada; siguen con el afincamiento de disminuirle los impuestos a los más pudientes, a los más ricos, a esos que poseen una flota de jets, dos mansiones, cuatro carros de lujos y contratan servicios de escoltas (prostitución). No olvidemos que la insaciable codicia de estos multimillonarios del sector financiero llevó a los Estados Unidos de América a la llamada Gran Recesión del 2008.

Tan reciente como a principios de agosto, los republicanos de extrema derecha incitaron una escaramuza en el Congreso cuando amenazaron con prohibirle al Gobierno Federal a que tomara prestado más dinero para cumplir con sus compromisos mensuales. Esta acción provocó la degradación del crédito del País de una calificación AAA a una AA+, lo que, a su vez, impulsó a los mercados mundiales al borde del pánico financiero.

Ante esta nueva crisis, el Presidente se dirigió a la Nación, en una sesión conjunta al Congreso, para revelar su nuevo plan de creación de empleos. Allí, mostró, por fin, un lado asertivo y combativo que no se le había visto con anterioridad: “pasen este proyecto de ley de trabajos, inmediatamente”. Mientras repetía este estribillo, más de una docena de veces, no apeló simplemente a la racionalidad que se supone que tengan estos supuestos intelectuales del Congreso, sino en la necesidad de aprobar un plan de trabajos que pondría a los estadounidenses a trabajar prontamente. Recalcó que su proyecto de ley está compuesto por ideas que republicanos y demócratas apoyaron en tiempos más tolerantes. Asimismo, este plan establece un gran tema de reelección para Obama: si los republicanos lo rechazan, es porque buscan el colapso de la economía para fines políticos, mientras millones de estadounidenses están desempleados por desde hace seis meses.

Obama tuvo siempre impulsos conciliatorios, pero, con el paso del tiempo ese pragmatismo fue interpretado como una debilidad de carácter, en tanto que sus deseos de negociación con los republicanos parecían actos de resignación. Decían: “este hombre carece de principios y no lucha por lo que cree”. Como consecuencia, en su último discurso al Congreso, hizo entrever que ya no seguiría con este “jueguito” apaciguador. Efectivamente, es una señal que comprendió que es imposible convencer a un grupo de congresistas - de ideología reaccionaria - que piensa que el problema no está solamente en la sustancia de las ideas que propone, sino en lo que representa como ser humano. Incluso, muchos republicanos insinúan que el desempleo no disminuirá sustancialmente debido a un temor irracional que los empresarios le tienen a Obama: el hombre se ve muy exótico, puede que realmente ni siquiera haya nacido en Hawai, y es una especie de socialista encubierto que está intentando cambiar los valores de la “verdadera” América por unos más europeos. Le tienen miedo porque, según ellos, es un vil liberal que cree intensamente en la lucha de clases y en la transferencia de riquezas.

A Obama le quedan 14 meses para establecer fuertes contrastes con los republicanos. Sin embargo, se le está haciendo tarde. Por un lado, la economía y el mercado de empleos están paralizados. Por otra parte, la aprobación de su trabajo está en un promedio del 43%, el más bajo de su presidencia. Por tales razones, sólo con una actitud combativa demostrará al pueblo estadounidense que está luchando por los intereses comunes de ellos, frente a un Partido Republicano incapaz de gobernar en consenso.

En última instancia, las elecciones presidenciales del 2012 decidirán qué tipo de gobierno desea el pueblo estadounidense para sí: el anarquista, el que deja que cada uno este por su cuenta y en las manos de un Partido Republicano que defiende con celos un sistema contributivo que hace que la secretaria de Warren Buffet pague proporcionalmente más impuestos que su jefe multimillonario; o, uno que tenga un rol activo búsqueda del bien común, sin que trastoque necesariamente la libre empresa y la idea de que cada persona debe tener los mismas oportunidades de éxito que tienen las demás, sin importar su condición social o lugar de procedencia.

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