domingo, 5 de enero de 2014

El fin de la sociedad clientelista




La burbuja estatal del tamaño de $70 mil millones – lo que conforma nuestra deuda pública – en la que se encuentra el Gobierno de Puerto Rico, y que está a punto de explotar espectacularmente con toda probabilidad este año, muestra una vez más el apetito voraz en el que operó el Estado (Libre Asociado) desde su constitución. Esto no solo expone la naturaleza parasitada del Estado, sino la de sus brazos de saqueo más insaciables: los partidos políticos.
Cada partido político en realidad funciona como agencias eficaces de repartición del fisco a la base clientelar, y esto ha sido así por aprobación “democrática” por espacio de seis décadas, generalmente por medio los ciclos electorales de cada cuatro años. Mientras tanto, la clase política oligárquica se formó alrededor de esta partidocracia, escogiendo a sus líderes de acuerdo a sus caras mercadeables, para seguir explotando esta fórmula mágica para enriquecerse a costa de los demás.
A su vez, este proceso le había brindado al ciudadano de a pie la oportunidad de sentir que su voto no solo no se perdía en el vacío, sino que también podría obtener beneficios tangibles como consecuencia de su aportación electoral. No es sorprendente, entonces, que la participación del puertorriqueño sea tan persistente y masiva. Evidentemente el boricua siente que le saca creces al proceso eleccionario.
Como consecuencia de este cuento tercermundista la sociedad se creyó la mentira antieconómica de que es posible comernos nuestros dulce de gratis. Es decir, sin sacrificio, sin ahorro, sin inversión o acumulación de capital.
Ciertamente, explicar nuestra debacle señalando como infantiles y fanáticas a las masas es ignorar el más elemental motivo de toda acción humana, que es el de mejorar su condición previa a través de los medios más eficaces. Este modelo clientelista de cooperación entre los partidos políticos y su base, había sido el más eficiente para mantener un estilo de vida seguro y estable dentro de la sociedad puertorriqueña. Estas actuaron de acuerdo a su mejor interés personal siguiendo las reglas del juego apoyando aquellos que esparcían esta gran mentira, al mismo tiempo que por debajo de la mesa se pre-acordaban los favores políticos más demandados: plazas de empleo “planchadas” de antemano en esta o aquella agencia pública, puestos de confianza injustificados desde el punto de vista de la productividad, contratos jugosos para satisfacer a la rica oligarquía política del País. Es así como terminamos con un país en el que el peso del Gobierno en relación al Producto Interno Bruto es de un 40%. Que tres de cada 10 empleos se ubiquen en el sector público. O que el 86% del gasto público total se consuma en la nómina de las agencias del Gobierno.
Más allá del issue del estatus, tanto el Partido Nuevo Progresista como el Partido Popular Democrático no han demostrado tener ninguna diferencia esencial en su forma de gobernar, ni en el empleo de sus estratagemas publicitarias que consisten en prometer manjares primermundistas para todos sin que se nos explique de dónde saldría el dinero, salvo lo que aquel funcionario mendigo llamado Comisionado Residente pudiera sacarle al Congreso Federal. La competencia mediática consistía en cada bando acusarse entre sí como los peores repartidores de la riqueza ajena, generalmente de la clase media. En este sentido, no existe un mito más perdurable y falaz como el del “buen administrador” de bienes públicos.

Últimamente, en especial las pasadas elecciones, aquellos que nunca se han agenciado con el poder defienden al sistema clientelista actual, sobre la base de que su supuesta pulcritud ideológica los haría comportarse con decencia. Menos corruptos y mejores administradores. Ojo: estos no son más que saqueadores en potencia, listos para crear otra oligarquía cíclica de ganadores y perdedores. Estos sospechosos claman porque se ignore la aritmética y las leyes básicas del comportamiento económico humano a favor de soluciones fantasiosas o parchistas que no van a la raíz de nuestro problema: una falta crónica de producción privada y un gobierno interventor que utiliza su poder policial para extraer parte de las ganancias del trabajador con impuestos de pistolero.
Finalmente, esta etapa despilfarradora de nuestra historia está llegando a su liquidación. Lo ideal sería que llegase el fin de la sociedad clientelar para que esta le abriese paso – pacíficamente sin la imposición violenta del mercado de bonos que ya no ve rentable seguir inflando nuestra burbuja gubernamental – a la sociedad productiva, compuesta por inversionistas, emprendedores y obreros privados. A estos se les debe entregar el futuro económico de Puerto Rico, y minimizar el rol de los políticos o burócratas en las vidas de los puertorriqueños. De esta forma serviríamos a nuestros compatriotas satisfaciendo sus necesidades, en un intercambio voluntario de mercancías dirigidas a mejorar nuestro condición previa, pero esta vez de forma limpia. Este mecanismo espontáneo, es el que los liberales llamamos el mercado libre.
Pero para que esto suceda, tendríamos que ponernos de acuerdo en limitar el poder del gobierno. Lamentablemente no hemos querido ni tan siquiera afrontar con seriedad la situación precaria de sus finanzas lo cual me hace pesimista sobre el futuro de nuestra Isla. Por un lado este nos pretende hacer creer que su salvación equivaldría “salvar” al país. Sin embargo – como diría Frederick Bastiat –, el lado que no salta a la vista, es que esto no pasa ser más que otra retórica demagógica del Estado clientelar para continuar con su capacidad de endeudamiento y repartición del fisco, pidiendo justamente otro cheque en blanco. ¿Acaso olvidamos que no es la primera vez que hemos salvado el crédito del gobierno pidiéndole al País que aguante otro cantazo tributario? Y el IVU, el impuesto a las foráneas, la subida a los peajes, los $1.5 billones en nuevos impuestos, ¿para qué fueron?

Pues para mantener, y solo mantener, a la sociedad clientelista.


jueves, 4 de abril de 2013


       Contestación a Lourdes García en el sitio sincomillas.com





Ciertamente entiendo sus planteamientos, pero si la “otra” opción económica es el socialismo entonces lamento decirle que no solo no habremos salido de la pobreza, sino que esto es lo único que podrá redestribuir (más pobreza).
Si lo que quiere implicar es que doctor Gutiérrez es un ciego por su creencia en que los mercados funcionan mejor que las acciones del gobierno para controlar a la economía (llamando sus postulados como “mera ideología”), entonces esa es la razón por la que en este país no vamos para ningún lado. Y es que usted presume de saber mucho, saber más, hasta pareciera decir que como Gutiérrez tiene ideología usted necesariamente tiene que carecer de una, olvidando que somos humanos que operamos con conceptos abstractos de la realidad, no programación computadorizada.
Cita uno que otro estudio para hacer un claro argumento de paja: el mercado no es perfecto, por lo tanto necesita al santo gobierno que corrija esas imperfecciones. Pero es que nadie postula que los mercados sean perfectos, sino que son mejores a su alternativa: socialismo o puro intervencionismo. Lo primero es financiado por el gobierno federal, y lo segundo es ejecutado constantemente por el Estado.
Y esa es precisamente la economía que hemos tenido y ha fracasado espectacularmente en Puerto Rico: altamente regulada, aplastando a los sectores productivos del país, beneficiando a las élites politico-partidistas, y un claro ejemplo del capitalismo mercantilista heredado de los españoles; todas las compañías públicas dirigidas por el estado, al borde de la quiebra (el Retiro es solo una larga procesión de ejecuciones fallidas del Estado por manejar la rentabilidad de sus negocios). Si hay algo que hay que regular en Puerto Rico, es el gasto del dinero de los contribuyentes del Gobierno, el cual se hace sal y agua en proyectos politiqueros de dudoso valor social y una nómina gigantesca puesta en lugar gracias al activismo clientelista.
Por último, el verdadero objetivo de la ciencia económica es el estudio de la acción humana (léase Human Action, de Ludwig von Mises) y cómo esta es la panacea de todo progreso personal y social. No es una ciencia de ingeniería social según la cual unos cuantos “expertos” e “intelectuales” habrían de formar una sociedad egalitaria de acuerdo a unos postulados o teorías económicas.
PS: De acuerdo con un estudio de Philip Armour y Richard Burkhauser de Cornell University, y Jeff Larrimore del Joint Committee on Taxation, cuando tomas en cuenta a) parejas que cohabitan y comparten ingresos b) transferencias del gobierno, c) el impacto de los cambios del código de rentas internas, d) planes médicos dados por empresas y el gobierno, entonces veremos cómo del 1979-2007 los ingresos del quintil inferior se elevó un 31,8%, el quintil medio un 34,4%, y el quintil superior un 54,0%. Es decir, hubo progreso en todos los renglones. Hay otro estudios que rechazan las conclusiones de Saez y Picketty que con mucho gusto se los hago llegar.
Es una imposibilidad práctica y teórica de parte de las ciencias económicas inventar un modelo mágico en el que la distribución se mantenga pareja. Eso déjeselo a la fantasía comunista.


sábado, 7 de enero de 2012

Un discurso viejo


Nota: este artículo lo escribí en octubre después que el Presidente Obama diera un discurso al Congreso, en el que introdujo una serie de propuestas recogidas en una legislación llamada "The American Jobs Act", para centrar sus esfuerzos en impulsar la economía estadounidense. En estos momentos, Obama se ha recuperado, al menos temporeramente, de su declive en las encuestas. En parte, esto se debe gracias a que la economía ha estado añadiendo trabajos en los últimos tres meses. Habrá que ver si esta tendencia continuará ante los prospectos de una posible confrontación con Irán o la alta probabilidad de una recesión en la zona europea.

Barack Obama atrajo a las masas del electorado estadounidense con su fulminante oratoria adornada con temas de esperanza y reconciliación. Prometió un cambio en Washington D.C., donde las pilas de dinero corporativo balancean toda legislación a su favor. El mundo tenía grandes expectativas con este líder que, por su apariencia o aspecto, parecía distinto, tanto en su color de piel como en su ideología diametralmente opuesta a la de su predecesor George W. Bush. También, dijo que uniría a demócratas y republicanos, con el noble propósito de abordar los problemas crónicos de los Estados Unidos de América.

La campaña de Obama impulsó la narrativa de que él, sólo él, con su cautivadora grandilocuencia, sería el capaz de cautivar a unos cuantos republicanos recalcitrantes; esto, a pesar de su retórica de que sus seguidores fueron los verdaderos protagonistas de las elecciones del 2008. En realidad, ocurrió todo lo contrario: Obama desconocía (o ignoró), en ese entonces, que la minoría republicana formaría un frente obstruccionista y manipulador, capaz de utilizar toda artimaña procesal del Congreso para bloquear la agenda social y económica de su administración. Tampoco contaba con la creación del Partido del Té, ese movimiento popular sin estructura que promueve recortes bestiales al presupuesto federal (y reducir a Medicare en un programa de cupones como lo propuso el representante Paul Ryan).

Al mismo tiempo, los republicanos identificados con este movimiento no tienen otro propósito que aprovechar el problema del déficit para continuar con su doctrina en favor de la clase millonaria de Wall Street. Tal parece que no aprendieron de la década pasada; siguen con el afincamiento de disminuirle los impuestos a los más pudientes, a los más ricos, a esos que poseen una flota de jets, dos mansiones, cuatro carros de lujos y contratan servicios de escoltas (prostitución). No olvidemos que la insaciable codicia de estos multimillonarios del sector financiero llevó a los Estados Unidos de América a la llamada Gran Recesión del 2008.

Al mismo tiempo, los republicanos identificados con este movimiento no tienen otro propósito que aprovechar el problema del déficit para continuar con su doctrina en favor de la clase millonaria de Wall Street. Tal parece que no aprendieron de la década pasada; siguen con el afincamiento de disminuirle los impuestos a los más pudientes, a los más ricos, a esos que poseen una flota de jets, dos mansiones, cuatro carros de lujos y contratan servicios de escoltas (prostitución). No olvidemos que la insaciable codicia de estos multimillonarios del sector financiero llevó a los Estados Unidos de América a la llamada Gran Recesión del 2008.

Tan reciente como a principios de agosto, los republicanos de extrema derecha incitaron una escaramuza en el Congreso cuando amenazaron con prohibirle al Gobierno Federal a que tomara prestado más dinero para cumplir con sus compromisos mensuales. Esta acción provocó la degradación del crédito del País de una calificación AAA a una AA+, lo que, a su vez, impulsó a los mercados mundiales al borde del pánico financiero.

Ante esta nueva crisis, el Presidente se dirigió a la Nación, en una sesión conjunta al Congreso, para revelar su nuevo plan de creación de empleos. Allí, mostró, por fin, un lado asertivo y combativo que no se le había visto con anterioridad: “pasen este proyecto de ley de trabajos, inmediatamente”. Mientras repetía este estribillo, más de una docena de veces, no apeló simplemente a la racionalidad que se supone que tengan estos supuestos intelectuales del Congreso, sino en la necesidad de aprobar un plan de trabajos que pondría a los estadounidenses a trabajar prontamente. Recalcó que su proyecto de ley está compuesto por ideas que republicanos y demócratas apoyaron en tiempos más tolerantes. Asimismo, este plan establece un gran tema de reelección para Obama: si los republicanos lo rechazan, es porque buscan el colapso de la economía para fines políticos, mientras millones de estadounidenses están desempleados por desde hace seis meses.

Obama tuvo siempre impulsos conciliatorios, pero, con el paso del tiempo ese pragmatismo fue interpretado como una debilidad de carácter, en tanto que sus deseos de negociación con los republicanos parecían actos de resignación. Decían: “este hombre carece de principios y no lucha por lo que cree”. Como consecuencia, en su último discurso al Congreso, hizo entrever que ya no seguiría con este “jueguito” apaciguador. Efectivamente, es una señal que comprendió que es imposible convencer a un grupo de congresistas - de ideología reaccionaria - que piensa que el problema no está solamente en la sustancia de las ideas que propone, sino en lo que representa como ser humano. Incluso, muchos republicanos insinúan que el desempleo no disminuirá sustancialmente debido a un temor irracional que los empresarios le tienen a Obama: el hombre se ve muy exótico, puede que realmente ni siquiera haya nacido en Hawai, y es una especie de socialista encubierto que está intentando cambiar los valores de la “verdadera” América por unos más europeos. Le tienen miedo porque, según ellos, es un vil liberal que cree intensamente en la lucha de clases y en la transferencia de riquezas.

A Obama le quedan 14 meses para establecer fuertes contrastes con los republicanos. Sin embargo, se le está haciendo tarde. Por un lado, la economía y el mercado de empleos están paralizados. Por otra parte, la aprobación de su trabajo está en un promedio del 43%, el más bajo de su presidencia. Por tales razones, sólo con una actitud combativa demostrará al pueblo estadounidense que está luchando por los intereses comunes de ellos, frente a un Partido Republicano incapaz de gobernar en consenso.

En última instancia, las elecciones presidenciales del 2012 decidirán qué tipo de gobierno desea el pueblo estadounidense para sí: el anarquista, el que deja que cada uno este por su cuenta y en las manos de un Partido Republicano que defiende con celos un sistema contributivo que hace que la secretaria de Warren Buffet pague proporcionalmente más impuestos que su jefe multimillonario; o, uno que tenga un rol activo búsqueda del bien común, sin que trastoque necesariamente la libre empresa y la idea de que cada persona debe tener los mismas oportunidades de éxito que tienen las demás, sin importar su condición social o lugar de procedencia.