La burbuja estatal del tamaño de $70 mil millones – lo que
conforma nuestra deuda pública – en la que se encuentra el Gobierno de Puerto
Rico, y que está a punto de explotar espectacularmente con toda probabilidad
este año, muestra una vez más el apetito voraz en el que operó el Estado (Libre
Asociado) desde su constitución. Esto no solo expone la naturaleza parasitada del Estado, sino la
de sus brazos de saqueo más insaciables: los partidos políticos.
Cada partido político en realidad funciona como agencias eficaces
de repartición del fisco a la base clientelar, y esto ha sido así por
aprobación “democrática” por espacio de seis décadas, generalmente por medio
los ciclos electorales de cada cuatro años. Mientras tanto, la clase política
oligárquica se formó alrededor de esta partidocracia, escogiendo a sus líderes
de acuerdo a sus caras mercadeables, para seguir explotando esta fórmula mágica
para enriquecerse a costa de los demás.
A su vez, este proceso le había brindado al ciudadano de a pie la
oportunidad de sentir que su voto no solo no se perdía en el vacío, sino que
también podría obtener beneficios tangibles como consecuencia de su aportación electoral.
No es sorprendente, entonces, que la participación del puertorriqueño sea tan
persistente y masiva. Evidentemente el boricua siente que le saca creces al
proceso eleccionario.
Como consecuencia de este cuento tercermundista la sociedad se
creyó la mentira antieconómica de que es posible comernos nuestros dulce de gratis.
Es decir, sin sacrificio, sin ahorro, sin inversión o acumulación de capital.
Ciertamente, explicar nuestra debacle señalando como infantiles y
fanáticas a las masas es ignorar el más elemental motivo de toda acción humana,
que es el de mejorar su condición previa a través de los medios más eficaces.
Este modelo clientelista de cooperación entre los partidos políticos y su base, había sido el más eficiente
para mantener un estilo de vida seguro y estable dentro de la sociedad
puertorriqueña. Estas actuaron de acuerdo a su mejor interés personal siguiendo
las reglas del juego apoyando aquellos que esparcían esta gran mentira, al
mismo tiempo que por debajo de la mesa se pre-acordaban los favores políticos
más demandados: plazas de empleo “planchadas” de antemano en esta o aquella
agencia pública, puestos de confianza injustificados desde el punto de vista de
la productividad, contratos jugosos para satisfacer a la rica oligarquía
política del País. Es así como terminamos con un país en el que el peso del
Gobierno en relación al Producto Interno Bruto es de un 40%. Que tres de cada
10 empleos se ubiquen en el sector público. O que el 86% del gasto público
total se consuma en la nómina de las agencias del Gobierno.
Más allá del issue del
estatus, tanto el Partido Nuevo Progresista como el Partido Popular Democrático
no han demostrado tener ninguna diferencia esencial en su forma de gobernar, ni
en el empleo de sus estratagemas publicitarias que consisten en prometer
manjares primermundistas para todos sin que se nos explique de dónde saldría el
dinero, salvo lo que aquel funcionario mendigo llamado Comisionado Residente
pudiera sacarle al Congreso Federal. La competencia mediática consistía en cada
bando acusarse entre sí como los peores repartidores de la riqueza ajena, generalmente
de la clase media. En este sentido, no existe un mito más perdurable y falaz
como el del “buen administrador” de bienes públicos.
Últimamente, en especial las pasadas elecciones, aquellos que
nunca se han agenciado con el poder defienden al sistema clientelista actual,
sobre la base de que su supuesta pulcritud ideológica los haría comportarse con
decencia. Menos corruptos y mejores administradores. Ojo: estos no son más que
saqueadores en potencia, listos para crear otra oligarquía cíclica de ganadores
y perdedores. Estos sospechosos claman porque se ignore la aritmética y las
leyes básicas del comportamiento económico humano a favor de soluciones
fantasiosas o parchistas que no van a la raíz de nuestro problema: una falta
crónica de producción privada y un gobierno interventor que utiliza su poder policial
para extraer parte de las ganancias del trabajador con impuestos de pistolero.
Finalmente, esta etapa despilfarradora de nuestra historia está
llegando a su liquidación. Lo ideal sería que llegase el fin de la sociedad
clientelar para que esta le abriese paso – pacíficamente sin la imposición
violenta del mercado de bonos que ya no ve rentable seguir inflando nuestra
burbuja gubernamental – a la sociedad productiva, compuesta por inversionistas,
emprendedores y obreros privados. A
estos se les debe entregar el futuro económico de Puerto Rico, y minimizar el
rol de los políticos o burócratas en las vidas de los puertorriqueños. De esta
forma serviríamos a nuestros compatriotas satisfaciendo sus necesidades, en un
intercambio voluntario de mercancías dirigidas a mejorar nuestro condición
previa, pero esta vez de forma limpia. Este mecanismo espontáneo, es el que los
liberales llamamos el mercado libre.
Pero para que esto suceda, tendríamos que ponernos de acuerdo en
limitar el poder del gobierno. Lamentablemente no hemos querido ni tan siquiera
afrontar con seriedad la situación precaria de sus finanzas lo cual me hace
pesimista sobre el futuro de nuestra Isla. Por un lado este nos pretende hacer
creer que su salvación equivaldría
“salvar” al país. Sin embargo – como diría Frederick Bastiat –, el lado que no
salta a la vista, es que esto no pasa ser más que otra retórica demagógica del
Estado clientelar para continuar con su capacidad de endeudamiento y
repartición del fisco, pidiendo justamente otro
cheque en blanco. ¿Acaso olvidamos que no es la primera vez que hemos
salvado el crédito del gobierno pidiéndole al País que aguante otro cantazo
tributario? Y el IVU, el impuesto a las foráneas, la subida a los peajes, los
$1.5 billones en nuevos impuestos, ¿para qué fueron?
Pues para mantener, y solo mantener, a la sociedad clientelista.
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